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De cirujano de la Escuela Finochietto a terapeuta de Vidas Pasadas *

por el Dr. José Luis Cabouli **

Extractado del artículo “La Escuela Finochietto. Una mirada personal retrospectiva y prospectiva”, aparecido en la Revista de la Asociación Médica Argentina, Vol. 136, Número 2 de 2023, pág. 26-38
** Médico cirujano de los hospitales Rawson, Argerich y Ramos Mejía. Ex miembro titular de la Academia Argentina de Cirugía y de la Sociedad de Cirugía Plástica de Buenos Aires.
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

 

 Introducción
Conocida es la historia de la Escuela de los hermanos Finochietto y su influencia en la formación de cirujanos quienes, a su vez, han sido maestros de la cirugía argentina. Sabido es también que su influencia fue más allá de la mera formación quirúrgica para moldear un método de vida en muchos de sus discípulos.
Ahora bien, no es frecuente que un cirujano que atravesó todas las etapas de su formación con el ri­gor de la disciplina de la Escuela, alcanzó una especialidad y, más tarde, una subespecialidad, deje la cirugía para desarrollar una actividad profesional completamente diferente pero que replica los valores, el método y el modelo de la Escuela.
A continuación contaré mis vivencias durante ese recorrido. Empezaré con mi admisión en la Escuela Finochietto y seguiré con el impacto que produjo en mi espíritu el contacto con la mística de dicha Escuela y como influyó ésta en mi quehacer médico. En definitiva, una mirada retrospectiva y prospectiva de esta escuela quirúrgica.

Ingreso a la Escuela Finochietto
A pesar de haber sido asignado por el Concurso de Residencias Médicas al Servicio de Cirugía del Hospital Piñeiro, decidí presentarme al examen de admisión de la Escuela Quirúrgica Municipal para Graduados (EQMG).
La prueba de admisión era muy peculiar: consistía en la exposición oral de un tema médico a elección y de un tema de cultura general, como así también en un multiple choice de veinticinco preguntas sobre cirugía general. La última prueba era todavía más peculiar: consistía en una redacción epistolar donde se informaba a un colega de un problema en particular. Al momento de redactar la misiva nos comunicaron que había que informar al facultativo que un paciente derivado por él había fallecido y que los hallazgos de la autopsia habían confirmado el diagnóstico presuntivo. La carta tenía que ser redactada en una hoja de recetario; por esa razón se la denominaba «la prueba del recetario». Era obvio que en ella evaluarían el poder de síntesis, la redacción y la ortografía, además de los conocimientos necesarios para comunicar lo sucedido. Esto demuestra la complejidad que tenía este ingreso en comparación con el del Concurso de Residencias Médicas.
Aprobada mi admisión, ingresé en el Curso Básico Bianual nro. 22 de la EQMG junto con otros quince médicos. Transcurría el mes de abril de 1976, momento duro y difícil en la vida del país. (Figuras 1 y 2)

Figura 1. El Dr. José Luis Cabouli (1977) en la entrada del Pabellón 2 del Hospital Rawson, donde funcionaba la Escuela Quirúrgica Municipal para Graduados.

 


Figura 2. El Dr. José Luis Cabouli con la enfermera-caba de la Sala 6, Sra. Chela Fanelli en la terraza del Pabellón 2 del Hospital Rawson, 1977. Nótense las tejas provenientes de Marsella, Francia.

 

El curso comenzó formalmente el 28 de abril (aniversario del nacimiento de Ricardo Finochietto) y contó con la presencia de su viuda, Sra. Delia Artola de Finochietto. El Dr. Manuel Vázquez pronunció el discurso de bienvenida a los nuevos médicos trazando una semblanza del Dr. Ricardo Finochietto. En su alocución nos anticipó el espíritu del Maestro: trabajar mucho, descansar poco, no dejarse abatir por los in­convenientes, asistir a pocas fiestas, dedicarse al enfermo, estudiar, publicar y transmitir conocimientos.
Apenas incorporado al Servicio, durante las recorridas de sala, comencé a escuchar que los cirujanos de planta se referían con frecuencia al «Jefe» o a «RF». Frases tales como «el Jefe decía tal cosa» o «en un caso así el Jefe hubiera hecho tal otra». Yo estaba intrigado. ¿A quién se referían con «el Jefe»? ¿Acaso el jefe no era el Dr. Delfín Vilanova? No tardé en darme cuenta de que «el Jefe» o «RF» no era otro que Ricardo Finochietto. (Figura 3)

Figura 3. Dr. Ricardo Finochietto. Obsequio del Dr. José A. Cerisola.

 


 

 


 

Casi de inmediato, y sin saber por qué, el Dr. Vilanova, en ese momento jefe de la Sala 6 y director de la EQMG, me tuvo una consideración especial. En la práctica, quien estaba a cargo de los médicos era el Dr. René Hirsig, quien me enseñó la rigurosidad con la que se escribe un artículo científico. Los dieciséis médicos fuimos distribuidos en los distintos sectores de la Escuela. Me asignaron, en principio, a la Sección de Cirugía Mamaria y Vascular. Allí estaban el mismo Delfín Vilanova, Samuel Rascovan y Boris Segal Halperin. Se suponía que cada tres meses debíamos rotar por las distintas secciones del Servicio. Sin embargo, al terminar el primer trimestre, Vilanova me retuvo en la suya. Comenzó así una relación muy cercana con quien sería mi maestro y que se extendería por muchos años. A través del contacto cotidiano, comencé a beber directamente de la fuente de Finochietto, ya que Vilanova fue un discípulo dilecto del Jefe. Fue por iniciativa de Vilanova que se creó el Curso Básico de Cirugía en 1953. Sin buscarlo ni proponérmelo, me había unido a la fuente. (Figuras. 4 y 5)

Figura 4. Aula de la Sala 6, inaugurada tres meses antes del cierre del Hospital Rawson. En primera fila, de derecha a izquierda, los doctores Eduardo Micael, Delfín Vilanova, Agustín Salas, Boris Segal Halperin y Eduar­do Zerillo. Detrás de Vilanova se ve al Dr. Ángel Borlenghi y al fondo, a David Simkin. Marzo-abril de1978.

Figura 5. Últimos días del Hospital Rawson. Efectuando el inventario del instrumental de la Sala 6. En primer plano, Agustín Salas y detrás, José Luis Cabouli junto a René Hirsig (los dos con guardapolvo), 1978.


 

Al llegar el cumpleaños de Vilanova, a poco de mi ingreso en la Escuela, descubrí con sorpresa que mi padre y Vilanova habían nacido en la misma fecha (27 de junio), con la diferencia de que mi padre nació en 1914 y Vilanova, en 1918. ¿Era eso tan solo una coincidencia o era más bien una señal del destino? Dice Borges: «Todo encuentro casual, una cita previa». Con el mismo concepto, en su libro La eternidad del ser, el Dr. Elías Hurtado Hoyo propone: «…estamos juntos mucho antes de estar juntos. Nuestros halos extracorpóreos nos unen más allá de la distancia y del tiempo». Esto explicaría, en parte, la consideración inmediata que me dispensara Vilanova, como así también la confianza y la cercanía que yo experimentaba en el vínculo con él. (Figura 6)

Figura 6. Cumpleaños de Vilanova en el Hospital Rawson. A su lado, la enfermera-caba, Chela Fanelli y en el extremo izquierdo el Dr. José Yoel. Detrás, los doctores Isaac Markman, Jacobo Grynwald, Ducós y Felipe Galmarini. Junio de 1976.

 

Cuando les comenté a un par de colegas que estaban en otros servicios de cirugía que me encontraba en la EQMG, lo primero que me dijeron fue: «¡Uh, estás con el tirano!». Yo no entendía por qué se referían a Vilanova y al Servicio en esos términos. A mi entender la estructura de la Escuela era natural y perfecta con su disciplina y con su organización. Las cosas se hacían como tenían que hacerse y no concebía que pudieran realizarse de otra manera.
Pronto quedé atrapado en la mística de la Escuela. Las revistas de sala eran toda una experiencia en sí mismas; eran como un libro abierto de patología y clínica quirúrgicas. Del bolsillo marsupial del delantal «carnicero» que todo cirujano debía llevar, salían las tizas con las que se dibujaban en las paredes de las salas de internación esquemas y gráficos espontáneos que explicaban tal o cual procedimiento empleado en una intervención en particular. Y siempre había una anécdota o comentario acerca de lo que RF decía, hacía o había hecho. Era como si el espíritu de Finochietto estuviera allí haciendo la revista de sala junto con nosotros.
Para mí fue impactante ver y palpar esa devoción, respeto y adoración por el Maestro. Con su presencia le había cambiado la vida a la mayoría de sus discípulos y yo sentía que me la estaba cambiando a mí también, a pesar de que yo ni siquiera lo había conocido.

Anecdotario sobre R. Finochietto
El anecdotario sobre Finochietto era algo permanente. Cada discípulo suyo tenía una anécdota para contar. De alguna manera eso ayudaba a mantener latente la presencia del Jefe en el quehacer cotidiano. Entre otras cosas se decía que, cuando los cirujanos dejaban la ropa en los percheros para vestir el ambo de cirugía, Finochietto entraba al vestuario y revisaba los cuellos de las camisas para controlar si estaban limpios o no. Esto revela hasta qué punto Finochietto vigilaba el comportamiento y la actitud de sus discípulos.
Era sabido que los discípulos de Finochietto debían tener el teléfono (fijo, ya que en aquella época no existía el celular) al lado de la cama, ya que era posible que el Jefe los llamara entre las cinco y las seis de la mañana. En una oportunidad el Jefe sorprendió a David Azulay a las cinco de la mañana.
- ¿Qué está haciendo, che? -le preguntó.
- Durmiendo, doctor. -Azulay respondió inocentemente.
- ¡Cómo que está durmiendo! ¡Debería estar estudiando! -espetó Finochietto.
Al día siguiente RF volvió a llamarlo. Esta vez, ya avisado de antemano, Azulay respondió:
- Estudiando, doctor.
- ¿Y qué es lo que está estudiando? - preguntó RF.
- Tal libro, doctor. -contestó Azulay.
- A ver, ¿en qué página se encuentra? -volvió a preguntar Finochietto.
- Tal página. -aseguró Azulay.
- Léame cómo empieza esa página. -ordenó Finochietto.
Pescado in fraganti Azulay comenzó a tartamudear y Finochietto le dijo:
- Oiga, usted no está estudiando una m…»
Por su parte, el doctor Daniel Stescobich me contó que cuando compró su primer auto le comunicó la buena nueva al Jefe y le ofreció pasar a buscarlo por su casa de camino al hospital. En lugar de felicitarlo, Finochietto le dijo con pena:
- ¡Qué lástima, che, ya no va a poder estudiar en el tranvía!
En una semblanza de Finochietto, Cerisola relata que los sábados, cuando Finochietto hacía la recorrida de sala, curaba personalmente a todos los pacientes operados y solía repetir: «Hay muchos que operan mejor que yo, pero las curaciones, yo soy el que mejor las hace».
Las anécdotas de Finochietto trascendían el ámbito del Rawson. En 1977, por intermediación del Dr. René Hirsig, me incorporé como médico interno a la vieja Clínica Finochietto, Sanatorio Central de Cirugía. Allí me desempeñé durante trece años, hasta 1990. Esto me permitió conocer y ver operar a otros gigantes de la Escuela: Leoncio Fernández, Eduardo Zancolli, y los hermanos José y Alberto Calzaretto.
Tomaba la guardia en la Clínica desde las 21 hs del viernes hasta las 21 hs del sábado. Por la noche coincidía con Santiago Gethe, el telefonista de guardia. Santiago llevaba muchos años en la clínica y había tratado a Finochietto, quien lo había bautizado como «el hombre del teléfono». Santiago me comentó que más de una vez lo había visto marcharse de la clínica a la noche alrededor de las 0 hs para volver a la mañana siguiente a las 5 hs cuando él (Santiago) todavía estaba de guardia.

Encuentro con Alejandro Posadas
James Redfield afirma que cuando algo sucede más allá de la casualidad para hacernos avanzar en nuestra vida, sentimos que estamos alcanzando lo que el destino nos lleva a ser. Cuando tomamos consciencia de las coincidencias que hay en nuestra vida percibimos que hay algo más, algo espiritual que opera debajo de todo lo que hacemos. Un hallazgo que podría haberse tachado de casual me llevó a descubrir, según mi criterio, el origen de la mística de la Escuela.
En una pequeña sala donde descansábamos cuando estábamos de guardia en el Servicio, había un pilón de revistas médicas que iban a ser desechadas. Una noche en la que estaba de guardia encontré allí un ejemplar de La Prensa Médica Argentina, del 21 de noviembre de 1952, Vol. XXXIX, nro. 47. Ese número estaba dedicado al Dr. Alejandro Posadas (1870-1902) en el cincuentenario de su fallecimiento. ¿Qué mano misteriosa me llevó a encontrar ese ejemplar y no otro? Es imposible describir el impacto emocional que produjo en mí ese hallazgo. Lo primero fue descubrir a Posadas. ¿Cómo comprender el nivel de excelencia, audacia, determinación, creatividad y maestría alcanzado en su breve vida de treinta y un años? ¿Quién era esa alma que encarnó fugazmente en Alejandro Posadas? ¿De qué universo o galaxia provenía? A la edad en la que la mayoría de las personas no saben qué hacer con su vida, Posadas ya había dejado una escuela y una impronta indeleble en sus discípulos.
Lo siguiente fue leer las palabras pronunciadas por Enrique Finochietto frente a la tumba de Posadas en agosto de 1944, ¡cuarenta y dos años después de la desaparición de su maestro! En su discurso, Enrique Finochietto dice: «Su influencia en nuestra formación espiritual fue decisiva». No dice formación quirúrgica, dice «formación espiritual». A mi modo de entender, la mística de la Escuela Finochietto se origina en la figura de Posadas, y en la impronta y la devoción que éste dejó en maestros de la cirugía argentina como Pedro Chutro y Enrique Finochietto.
El ejemplar en cuestión contiene también una carta de Luis Agote, fechada en París, 29 de noviembre de 1902, quien presenció el embalsamamiento del cuerpo de Posadas en ese país; un discurso de Rodolfo S. Roccatagliata, anestesista de Posadas y un escrito de Ricardo Finochietto sobre la amistad entre Posadas y David Prando. Comprendí entonces por qué la sala de internación de hombres de la Sala 6 se denominaba Sala David Prando mientras que la de mujeres se llamaba Sala Marcelino Herrera Vegas, maestro de Enrique luego de la muerte de Posadas.

La disciplina en la Escuela Finochietto
La disciplina en la Escuela no admitía distracciones ni improvisaciones. Las técnicas quirúrgicas estaban sistematizadas paso a paso y la anestesia local era la anestesia de elección que todo cirujano novel debía aprender. Era increíble todo lo que se podía hacer con una jeringa y con lidocaína. No llegué a verlo, pero se decía que el Dr. Horacio Resano podía operar un esófago con anestesia local.
Los médicos cursistas teníamos que confeccionar una carpeta con las técnicas quirúrgicas y los criterios que se aprendían en la Escuela; en ella debíamos describir paso a paso las operaciones que habíamos presenciado o aquellas en las que habíamos participado como ayudantes o como cirujanos. Años después, ese entrenamiento me sería de gran utilidad cuando efectué un viaje de estudios por centros hospitalarios de los Estados Unidos de Norteamérica. Aún hoy conservo los apuntes con la descripción de las intervenciones presenciadas en ese periplo.
Otra tarea era participar y exponer en las sabatinas, ateneos que se llevaban a cabo todos los sábados en el aula central del Rawson y a las que solía concurrir el Dr. Alfonso Roque Albanese, discípulo directo de Ricardo Finochietto; gran cirujano y anatomista quien siempre aportaba sus conocimientos y su buen humor en las discusiones y con quien tomé algunos cursos de anatomía quirúrgica en la Universidad del Salvador, sita en Tucumán 1845.
La formación no terminaba allí porque también se nos estimulaba a participar en el dictado de clases en los cursos que la Escuela organizaba en el Auditorium Squibb, sito en Viamonte 1133, Buenos Aires. Apenas llevaba un par de meses en el Servicio cuando Vilanova me propuso dar una clase en uno de esos cursos, sobre la clasificación clínica del cáncer de mama y presentar la clasificación de su autoría. Para darme ánimo, Vilanova me dijo: «Vos investigá todo lo que hay escrito sobre el tema y nadie sabrá tanto como vos». Y así fue. Respondí a las preguntas de los profesionales presentes como si fuera un experto. (Figura 7)

Figura 7. Curso de actualización de la EQMG “Lo esencial en cáncer de mama”, director Delfín Vilanova, 1976. Dictado por 14 colaboradores, entre ellos Cabouli.

 

 

 

 

 

 

 

 

En la segunda reunión de cirujanos discípulos que se llevó a cabo en la Academia Argentina de Cirugía en noviembre de 1977, se proyectó la película Paro cardíaco, con la clase de Finochietto. Ese fue el impacto emocional definitivo que me unió para siempre al espíritu de la Escuela. Ver a Ricardo Finochietto en persona, hablando, gesticulando, enseñando con pasión, provocó en mí una entrega total a los ideales de la Escuela. Deseé intensamente haber sido parte de esa generación de cirujanos que tuvo el privilegio de tener a semejante maestro y, al mismo tiempo, me preguntaba si yo hubiera estado a la altura de las circunstancias. No sé en qué momento ocurrió, pero hice mío el lema de Enrique Finochietto: «Solo cumple con su deber quien va más allá de sus obligaciones».

El origen y el espíritu de la Escuela Finochietto
Para comprender el espíritu y la trascendencia de la Escuela, qué cosa mejor que leer -mientras me imagino escuchándolas- las palabras del propio Ricardo Finochietto que relatan el origen de la Escuela. A continuación, un extracto del relato del Maestro:
«La Escuela Quirúrgica Municipal para Graduados puede decirse que se inició a principios de 1931 en que obtuve por concurso una jefatura de Cirugía General. Con derecho a elegir, opté por el Servicio del Alvear, mixto, de unas sesenta camas.
Después de 18 años de agregado al Servicio del doctor Enrique Finochietto, me encontraba en condiciones de formar y dirigir el mío propio. Pude iniciarme bajo los mejores auspicios, pues la sala estaba enteramente desprovista de médicos. Solo llevé conmigo al Dr. Rodolfo Ferré; espontáneamente me ofrecieron colaborar los también flamantes colegas Hernán Aguilar, Turco, Raúl Velasco y Zavaleta. Pocas semanas más tarde lo hicieron Dickman y Héctor Marino.
Después se fueron agregando otros, hasta que, con el tiempo, los candidatos eran seleccionados luego de haber participado en un año de prueba.


El atuendo, atildado y uniforme, tuvo como característica el uso de un delantal sobre el guardapolvo; asimismo contábamos con material de escritura y reloj exclusivo para usar dentro del Servicio. Eso, junto con la mayor estrictez en las horas de entrada y de salida del Servicio, la abstinencia de intervalos de reposo y refrigerio, constituyeron detalles iniciales de importancia.
Se implementaron la participación obligatoria en las materias básicas, frecuentes ejercicios de técnica quirúrgica, operaciones en animales, estudio y comentarios de revistas y libros. El aprendizaje de idiomas fue obligatorio. Se alentaron visitas a otros servicios del país y del extranjero. Esas visitas corroboran que la verdad no es patrimonio exclusivo de nadie.
Con el fin de obtener uniformidad, el mismo Jefe redactó las conductas y las técnicas corrientes que más tarde eran copiadas y enviadas al personal, que debía ajustarse estrictamente a ellas.
El Curso de Cirugía Básico para Graduados, que duraba un año lectivo, resultó la mejor y más justa manera de seleccionar a los futuros integrantes de la Escuela. Con ese sistema, el ingreso se obtenía luego de haber estado un año en contacto continuo y directo con el Servicio.
La Escuela como organismo o institución podrá desaparecer, pero lo que es ya inextirpable es la conducta ética y quirúrgica que todos los que la absorbieron se encargan y se encargarán de mantener y transmitir como la mejor y más segura senda hacia el éxito verdadero».

Visitas a servicios del exterior y presencia «finochiettista»
Siguiendo el espíritu de mis antecesores, en 1979, ya con la Escuela funcionando en el Hospital Argerich tras el cierre del Rawson, viajé a los Estados Unidos de Norteamérica a fin de visitar diferentes centros quirúrgicos de relevancia.
Gracias a un amigo, el Dr. Michel Brones, jefe de residentes en el Union Memorial Hospital de Baltimore, me contacté con el Dr. Edward Lewison, profesor asociado de cirugía del John Hopkins; así pude visitar distintos servicios de cirugía. Entre otros, conocí en persona a cirujanos de quienes había escuchado hablar a Vilanova, como Jerome Urban, a quien vi operar en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center, y tuve una charla con Cushman Haagensen en el Columbia Presbyterian Medical Center, ambos centros en Nueva York. Haagensen había estado en Buenos Aires y se acordaba de Vilanova. Lo encontré sentado frente a un microscopio examinando unos preparados y sobre su escritorio estaba su libro Diseases of the breast. Haagensen estaba enfadado con Urban porque éste, impulsor de la mastectomía ultra radical, había firmado una declaración en la que estaba de acuerdo con el tratamiento conservador en la cirugía de cáncer de mama.
El encuentro con Urban fue otra coincidencia significativa. Ocurrió durante una conferencia en el John Hopkins. Yo estaba sentado en una butaca del salón cuando de pronto apareció Urban y se sentó a mi lado. Yo no podía creerlo. Comenzamos a charlar y allí mismo me invitó a visitar su Servicio, donde estuve una semana. En una ocasión, mientras Urban realizaba una mastectomía, me preguntó qué me parecía el colgajo. Le respondí que me parecía grueso y él replicó que para esa paciente en particular estaba bien porque la mujer era obesa.
Dos centros que me impactaron en particular fueron la Cleveland Clinic y el Shock Trauma Center de la Universidad de Maryland, dirigido por el Dr. Adam Cowley. En la Cleveland Clinic estuve una semana en el Servicio de Cirugía Vascular a cargo del Dr. Edwin Beven, de origen chileno. Me impresionó su maestría en la endarterectomía de carótida y en los aneurismas de aorta abdominal. Todo lo hacía con sencillez y precisión, y con una velocidad pasmosa. Pero no solo me impresionó su forma de operar, sino también la organización del Servicio. Al ingresar, cada médico residente recibía un cuadernillo con las normas del Servicio, y las técnicas operatorias estaban sistematizadas al mejor estilo de la Escuela. Era como si Edwin Beven hubiera copiado las leyes de la EQMG. Un detalle más: los residentes comenzaban la actividad en la Clínica a las 6:30 hs. Imagino que RF se sentiría complacido y no necesitaría llamarlos por teléfono.
La Clínica era como una ciudad en sí misma. Un día concurrí a la peluquería y el peluquero, cuando le dije que era argentino, comenzó a hablar del Dr. René Favaloro. De pronto me dijo: «Esta clínica perdió cuando se fue Favaloro».
Mi estadía en el Shock Trauma Center fue una experiencia alucinante. Allí la mayoría de los pacientes eran politraumatizados que llegaban en helicóptero.
El centro contaba con tres niveles de terapia intensiva de los cuales el de mayor complejidad era la Unidad de Cuidados Críticos. En esa unidad había doce camas con una enfermera por paciente las 24 horas del día. Serían necesarias varias páginas para describir la organización y los protocolos de ese centro, pero no es el objeto de este artículo.
Quiero señalar dos momentos particularmente emocionantes de ese viaje. El primero fue mientras presenciaba una cirugía torácica y el cirujano exclamó: «¡Finochietto!» Al instante la instrumentadora le entregó el «embajador» (el separador intercostal). El otro momento fue mientras leía el programa de operaciones del día y en una cirugía de mano leí: Zancolli’s procedure (procedimiento de Zancolli). La Escuela estaba presente también allí.
Cuando estaba a punto de regresar de ese viaje recibí una carta de Vilanova, quien me impelió a entrenarme en anastomosis microvasculares; lo hice de inmediato en el laboratorio de microcirugía del Raymond Curtis Hand Center del Union Memorial Hospital, Baltimore. Vilanova me demostró, una vez más, que seguía pendiente de mí y que su visión se extendía más allá del momento presente.

Del Hospital Argerich al Ramos Mejía
Fue precisamente por el entrenamiento en anastomosis microvasculares, y por sugerencia del Dr. Simón Keselman, que fui a entrevistarme con el Dr. José Alberto Cerisola quien, entusiasmado, me invitó a ingresar en el Curso Bianual de Cirugía Plástica que inició en 1981 en el Hospital Ramos Mejía. Hablábamos el mismo idioma y compartíamos la veneración y respeto por la misma Escuela y por el mismo maestro, Vilanova. Además Cerisola también fue un discípulo dilecto de Finochietto y compartió con éste sus últimos siete años de vida. (Figura 8)

Figura 8. Dres. Delfín L. Vilanova y José A. Cerisola. Segunda reunión de cirujanos discípulos de Ricardo Finochietto. Academia Nacional de Medicina, 25/11/1977. Detrás de Vilanova, un joven José Luis Cabouli. Obsequio de la Sra. Inés Secco, viuda de Vilanova.

 

 

 

 

 

La prueba de admisión en el Curso de Cirugía Plástica que dirigía Cerisola como jefe de la División de Cirugía Plástica del Hospital José M. Ramos Mejía era similar a la de la EQMG al igual que su estructura, de modo que para mí resultó muy fácil incorporarme al curso y al Servicio, ya que su dinámica era un calco de lo que yo había vivido en el Rawson y el Argerich. Quizás podría decir que la disciplina del servicio de Cerisola era más benigna que aquella de la Escuela. Allí ingresamos sólo cinco postulantes.
En el Servicio de Cerisola, pude alcanzar un nivel superior como cirujano gracias a la realización de colgajos libres con anastomosis microvasculares y a la participación en numerosos trabajos científicos que el Servicio realizaba. (Figura 9)

Figura 9. En el Hospital Ramos Mejía el Dr. José Luis Cabouli realiza una anas­tomosis microvascular con microscopio. Ayudante: Dr. Jorge Mascotto. Observador: (sin barbijo) Dr. Juan C. Sciorra, 1982.

 

 


Por un lado, en la Escuela aprendí con Vilanova el valor de una técnica precisa y detallada paso a paso para el principiante. Por el otro, con Cerisola y sus intervenciones cráneo-faciales donde participaban hasta cuatro equipos de cirujanos, aprendí a planificar con anticipación la estrategia a seguir y el objetivo a alcanzar. Fue así, gracias a la guía y el apoyo de Cerisola, que también me vi inmerso en ese tipo de intervenciones con la microcirugía. Mientras un equipo efectuaba la resección de la lesión y la disección del pedículo receptor, otro llevaba a cabo la disección del colgajo. A continuación, mientras se llevaba a cabo la anastomosis microvascular, otro equipo se ocupaba del cierre del lecho dador y, finalmente, otro equipo efectuaba la sutura del colgajo. Un verdadero trabajo en equipo de varias horas de duración.
Demás está decir que, siguiendo con lo que preconizaba Finochietto, previo a la intervención habíamos practicado la obtención del colgajo y su pedículo en el anfiteatro de anatomía.

Cambio de paradigma. La mutación de cirujano a terapeuta
La microcirugía ofrecía posibilidades insospechadas hasta entonces y yo creía haber encontrado mi lugar en el mundo de la cirugía reconstructiva. Podía pasarme horas operando bajo el microscopio, perdiendo totalmente la noción del tiempo transcurrido. Y cuando parecía que iba a ser cirujano plástico por el resto de mi vida, el destino me hizo un nuevo guiño.
Ya he dicho que las casualidades no existen. En 1986 recibí una invitación para asistir a un seminario de regresión a vidas pasadas. Esa técnica de exploración del subconsciente me brindaba el acceso a un mundo desconocido y decidí formarme en ella para experimentar. Durante un tiempo alterné la cirugía con la terapia hasta que diversas circunstancias me llevaron a tomar la decisión de dejar la cirugía del cuerpo y dedicarme por entero al estudio y desarrollo de aquello conocido como «terapia de vidas pasadas». Fue en febrero de 1988, y tanto Vilanova como Cerisola me apoyaron y acompañaron en mi decisión.
En 1992 comencé el dictado de un curso de formación anual para terapeutas en la técnica de la terapia de vidas pasadas. Como no podía ser de otra manera estructuré el curso sobre la base del Curso Básico de la EQMG: combinar las clases teóricas con la práctica. Así como a operar se aprende operando, la terapia se aprende practicando la técnica como terapeuta y como paciente.
Como cirujano de la Escuela aprendí que el método sólo puede ser eficaz si se enseña desde la práctica. Sistematicé la técnica de regresión paso a paso, como si fuera una intervención quirúrgica; asepsia, sencillez y precisión, nada de gestos o maniobras superfluas. Como en toda operación, hay una preparación, una apertura, un desarrollo, diferentes gestos de acuerdo a cada caso en particular, un final y un cierre.
Vilanova enseñaba que hay tres etapas en la formación de un cirujano. La primera, consiste en copiar los gestos de un buen cirujano; la segunda, es imitar a un cirujano cualificado y, la tercera, es desarrollar un estilo propio. Esto es lo que procuro transmitir como docente.
Vilanova además insistía en desarrollar la capacidad para mantener la atención por largos períodos. Y todavía hay más: se requiere mucha paciencia. Parafraseando las palabras de Ricardo Finochietto: para ser un buen terapeuta se necesita paciencia para estudiar, paciencia para aprender, paciencia para lograr buenos resultados, paciencia para esperar el éxito y, finalmente, paciencia para transmitir los conocimientos adquiridos por medio de paciencia. Eso es lo que he tratado de reproducir e inculcar en los terapeutas que se han formado conmigo. Las cosas se hacen de una manera determinada, no de cualquiera.
En la escuela de Finochietto también nos enseñaban que había que publicar y seguí siempre ese consejo. De esta manera, en esta nueva etapa de mi vida profesional, escribí mi primer libro Terapia de vidas pasadas: técnica y práctica, publicado en 1995; dedicado a mis padres y a mis maestros, Vilanova y Cerisola, a quienes cito en la introducción. Tuve la gracia de honrarlos en vida y entregarles en mano un ejemplar del libro a cada uno de ellos. Posteriormente escribí seis libros más sobre este tema.
En el año 2012 tuvo lugar otra cita previa del destino. El Dr. Ricardo Losardo, con quien compartimos el inicio de nuestra formación como cirujanos plásticos en el Servicio de Cerisola y mantenemos una amistad duradera, me sugirió que dictara un curso en la Asociación Médica Argentina (AMA); para ello me conectó con el Dr. Elías Hurtado Hoyo, quien era su presidente. Le expuse el programa para dictar un curso básico de terapia de vidas pasadas en cinco clases teórico-prácticas. Para ese entonces hacían veinte años que yo estaba dictando el curso de formación, y la técnica estaba sólidamente estructurada y consolidada. Yo ya conocía a Hurtado Hoyo por mi paso por el Argerich y sabía que era un excelente cirujano torácico, que había hecho escuela y que tenía sus discípulos. Creo que Hurtado Hoyo entendió, de la misma manera que antes lo habían hecho Vilanova y Cerisola, la mutación profesional que yo había experimentado con el sustento de la formación en la EQMG. Así se aprobó el dictado del curso, en la Sección Humanidades, con gran éxito y afluencia de público entre los años 2012-2016.
Creo haber cumplido así con el espíritu de Finochietto que nos anticipó el Dr. Manuel Vázquez en su discurso de bienvenida a la EQMG: estudiar, publicar, transmitir conocimientos.

Conclusión
En el acto de homenaje a la Escuela Quirúrgica Finochietto realizado en la AMA en 2002, el Dr. Eduardo Zancolli dijo lo siguiente:
«Cada uno de los discípulos de la Escuela Finochietto creyó, seguramente, que al ingresar en la Escuela Finochietto cumplía con la simple rutina de aprender cirugía que lo habilitara para su desempeño médico, pero lo que jamás pudo imaginar fue que sería señalado por el fatalismo de la providencia para ser marcado, indeleblemente, por profunda huella moral y afectiva para el resto de su vida».
Exactamente así ocurrió conmigo. La Escuela me marcó para siempre y su espíritu sigue presente en muchos aspectos de mi vida cotidiana y, obviamente, como terapeuta. El cirujano que vive en mí sigue actuando en cada sesión terapéutica. De «cirujano “finochiettista”» he transmutado en un «terapeuta finochiettista».
Fiel a los ideales de la Escuela considero oportuno ceder el cierre de este artículo a Ricardo Finochietto, quien explica la fórmula para crear una escuela.
«El procedimiento es sencillo: solo se requiere el alma y el amor de un jefe que predique con el ejemplo, ejemplar y persistente. Formar un servicio-escuela es trabajo, sacrificio, renunciamiento. El premio está, más que en el reconocimiento contemporáneo, en la propia conciencia de haber contribuido a nuestro desarrollo, sin pensar en beneficio propio».

In memoriam: A mis maestros «finochiettistas», doctores Delfín Luis Vilanova (1918-1998) y José Alberto Cerisola (1930-2011).